
¿Cuánto se puede alterar una obra de arte antigua antes de poder decir que se la está creando de nuevo? Un restaurador o conservador retira el polvo, recupera colores desvanecidos y devuelve a la vista un detalle que había quedado oculto. Este trabajo exige conocimiento, sensibilidad y creatividad. Pero también exige humildad: el conservador debe distinguir entre revelar lo que ya está en el lienzo y añadir los trazos que hubiera deseado que estuvieran allí.
La Parashat Re'eh comienza con una invitación visual: «Ve, hoy pongo delante de ti bendición y maldición» (Devarim 11:26).
Cada persona mira desde un punto de vista particular, moldeado por una historia, un contexto y sensibilidades propias. Lo mismo ocurre cuando estudiamos Torá. Cada generación recibe el texto en circunstancias nuevas y debe descubrir cómo puede este seguir hablándole a su realidad. La propia Torá reconoce esta necesidad. Cuando surge un asunto difícil, el Séfer Devarim ordena: «Vendrás a los sacerdotes levitas y al juez que hubiere en aquellos días» (Devarim 17:9).
Rashi pregunta lo que parece obvio: ¿acaso podríamos ir a un juez que no pertenece a nuestra generación? Su respuesta apunta a una preocupación pragmática: debemos recurrir a la autoridad disponible en nuestra propia época, aun cuando esa autoridad no posea la estatura de quienes la precedieron (Rashi sobre Devarim 17:9). La Guemará lo afirma con contundencia: «Yiftaj en su generación es como Shmuel en su generación» (Rosh Hashaná 25b).
Cada generación recibe, entonces, la responsabilidad de interpretar, enseñar y aplicar la Torá dentro de su propia realidad. Sin esa renovación, la Torá sheba'al pe (Torá oral) no podría existir. Sin embargo, la Parashat Re'eh coloca junto a esta necesidad una advertencia contundente: «Todo lo que yo os mando, cuidaréis de hacerlo; no añadirás a ello ni quitarás de ello» (Devarim 13:1).
¿Cómo puede una tradición exigir renovación y constancia al mismo tiempo? Si cada generación debe escuchar la Torá de nuevo desde su propio presente, ¿cómo aseguramos que actualizarla no reemplace aquello que nos proponíamos transmitir?
Una mishná en el tratado de Meguilá vuelve esta pregunta aún más incómoda. «Al oficiante que dice 'modim, modim' [repite la palabra dos veces], o 'Que Tu nombre sea recordado para bien', o 'Tu misericordia llega hasta el nido del pájaro', se lo hace callar» (Meguilá 25a; Berajot 33b). Estas frases no suenan irreverentes. Al contrario, suenan devotas, compasivas y espiritualmente sensibles. Y sin embargo, los sabios perciben en ellas distorsiones profundas. Repetir «modim, modim» puede sugerir dos poderes divinos. Recordar el nombre de Dios solo para el bien parece excluir la obligación de bendecir incluso frente al sufrimiento. Presentar el shiluaj hakén —el precepto de ahuyentar a la madre pájaro— únicamente como expresión de misericordia convierte una posible explicación del precepto en su definición total.
La belleza de una interpretación no garantiza su fidelidad. Tampoco lo hacen su relevancia, su poder emocional, ni la sinceridad de quien la ofrece.
Esta tensión resulta especialmente urgente en una época que, con razón, busca ampliar el círculo de voces que ingresan al beit midrash. Personas antes excluidas del discurso de Torá aportan experiencias y preguntas que pueden iluminar dimensiones del texto que otros no vieron. La inclusión de nuevas voces no debilita necesariamente la tradición; a menudo, la enriquece.
Pero la inclusión en la conversación no significa que toda conclusión expresada a través de un pasuk se convierta automáticamente en una voz de Torá. La pregunta no debería ser solamente quién tiene derecho a hablar, sino qué responsabilidad asume quien espera hablar en nombre de la Torá.
El Rav Aharon Lichtenstein enseñó que el Talmud Torá contemporáneo debe sostener juntas la relevancia y la reverencia. La Torá debe responder a las preguntas reales de cada generación, pero la búsqueda de relevancia no puede borrar la conciencia de que estamos ante algo que no creamos nosotros. Renovar la Torá no significa someterla por completo a nuestras categorías, sino encontrarla de un modo que le permita hablar en el presente sin perder su autoridad (Rav Aharon Lichtenstein, «Relevance and Reverence», 1984).
El Rav Shagar, el erudito sionista-religioso del siglo XX, tomó en serio la presencia inevitable del intérprete. Explicó que nadie entra al beit midrash como una página en blanco. Llevamos con nosotros nuestras experiencias, heridas, convicciones y modos de entender el mundo. Esa subjetividad no es necesariamente un obstáculo; puede convertirse en el canal a través del cual se escucha una nueva dimensión de la Torá en una generación particular. Sin embargo, la voz personal no se vuelve autoritativa por el mero hecho de ser auténtica. Un verdadero encuentro debe moverse en ambas direcciones: nuestra experiencia ilumina el texto, y el texto cuestiona, limita y transforma nuestra experiencia.
Aquí emerge una cualidad indispensable para el lector religioso de textos: la humildad interpretativa.
No se trata de una humildad que silencia la propia voz o impide el jidush [la novedad interpretativa]. Es la humildad de entrar al beit midrash sin haber decidido de antemano lo que la Torá debe decir. Quien llega con una conclusión ya cerrada puede encontrar versículos y fuentes que la respalden, pero tal vez nunca haya permitido que el texto le respondiera.
La humildad interpretativa requiere una apertura genuina: aceptar que el estudio puede cambiar nuestra pregunta, complicar nuestras certezas o conducirnos hacia una conclusión que no anticipábamos. Significa preguntar no solo cómo puede la Torá volverse relevante para lo que ya nos importa, sino qué está diciendo la Torá que nosotros no habríamos dicho por nuestra cuenta.
Quizás allí es donde comienza la responsabilidad interpretativa. Una lectura responsable no necesita ser antigua, ni tiene que limitarse a repetir lo que ya se ha dicho. Pero debe surgir de una atención genuina al texto, permitir ser examinada por la tradición y permanecer abierta a la transformación a lo largo del proceso de estudio.
Como un restaurador ante una pintura, el intérprete aporta sus ojos, sus manos, su sensibilidad. Pero no es el dueño absoluto del lienzo. Su tarea no es cubrirlo con los colores que trajo consigo, sino trabajar con suficiente paciencia y humildad para que algo de la imagen recibida vuelva a revelarse.
La Parashat Re'eh no nos pide congelar la Torá. La misma tradición que nos ordena no añadir ni quitar nos envía al juez de cada generación. Pero exige una doble fidelidad de quienes interpretan: asegurar que la Torá siga escuchándose, y cultivar la humildad de no decidir de antemano lo que ella debe decir.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Yeshivat Maharat: https://yeshivatmaharat.org/reeh-when-does-our-voice-become-a-voice-of-torah/
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